4. Nuestras emociones dependen de lo que pensamos

22/11/2010
5. Emociones

Lo que sentimos dependen de lo que pensamos.

 Ante muchas circunstancias de la vida tenemos ansiedad, estamos tristes, preocupados o enfadados. El sufrimiento es inherente al ser humano, a su vida y a sus experiencias. Pero una cosa es el sufrimiento normal y natural que se desencadena ante situaciones límite (muerte o enfermedad de un familiar o amigo, una situación de extremo peligro, un accidente, etc…) y otra cosa muy distinta es el sufrimiento que nos arrastra sin fin, que nos tortura constantemente, que hace que paremos de darle vueltas y vueltas a la cabeza.

 Este segundo sufrimiento, viene en parte desencadenado por la actitud ante las dificultades. Si pensamos que un acontecimiento negativo que nos ocurre es un problema, que nos supondrá un gran esfuerzo, una dificultad fastidiosa, etc…, entonces tenemos garantizada una buena dosis de sufrimiento. Si pensamos, en cambio, que las dificultades de la vida son naturales y que lo más importante es aprender de ellas, será más fácil que encontremos un sentido diferente a la adversidad. Será una oportunidad para superarnos, para aprender a mejorar, para que no caer de nuevo en esa trampa, para ser más sabios. Las vicisitudes de la vida tienen mayor sentido si aprendemos de ellas.

 Por tanto el hecho fundamental no está en los acontecimientos, en intentar evitar a toda costa que nos ocurran cosas “malas”, está en aprender a cambiar nuestra forma de enfocar esas situaciones, está en nuestros pensamientos.

 Son los pensamientos los que generan nuestras emociones, no es la buena o la mala suerte. Claro que los acontecimientos positivos o negativos influyen, pero influyen en la medida en que son más susceptibles de generar en nosotros pensamientos o interpretaciones positivas o negativas, y por tanto, sus consiguientes emociones positivas o negativas. De lo que se trata por tanto, es de darnos cuenta de que lo que sentimos depende de lo que pensamos más que de lo que está ocurriendo. Y sobre lo que pensamos nosotros tenemos mucho que decir y hacer. Podemos controlar por tanto nuestras emociones, si aprendemos a manejar nuestros pensamientos, nuestras preocupaciones. Si aprendemos a no repetirnos una y otra vez “he fracasado” seguramente seremos capaces de sentirnos mejor y actuar para cambiarlo. Si en vez de pensar que he fracasado pienso “he tenido un error, ¿qué puedo aprender? ¿cómo puedo mejorar?...” probablemente mi emoción poco a poco cambiará. Debemos enseñar a nuestro cerebro a que esté a nuestro favor, y no en nuestra contra.

Si fueran los acontecimientos los que provocan las emociones, entonces ante una misma situación todos sentiríamos lo mismo. Pero bien sabemos que esto no es así. Cuantas veces nos hemos encontrado con que esto no se cumple. Y no se cumple porque nuestras interpretaciones, nuestros pensamientos, son diferentes a los de los demás aunque la situación sea la misma. Imagina que estás con tu grupo de amistades y uno de ellos explica que le van a cambiar de puesto de trabajo, un ascenso laboral, pero que significa viajar más y estar lejos de casa. Quizá uno de los amigos se mostraría contento porque habría pensado: “¡Que bien tendrá más prestigio y un mejor cargo!”; otro se mostraría apenado porque habría interpretado: “Es una oportunidad, pero en verdad es una pena porque estará menos tiempo con su familia”; y otro amigo quizá estaría preocupado porque habría pensado: ¡Uff, con lo estresado que ya está, solo le falta más responsabilidad, no sé si es buena idea!. La situación es la misma, exactamente igual, pero no todos la interpretan igual, y por eso sus emociones son diferentes.

El sufrimiento innecesario, generado por interpretaciones y pensamientos negativos, y generalmente repetitivos, puede cesar si aprendemos a controlar nuestros pensamientos, si aprendemos a manejar nuestras preocupaciones. La clave para no sufrir innecesariamente está en saber controlar lo que pensamos.